El auxilio de María Santísima en la agonía del cristiano

El auxilio de María Santísima en la agonía del cristiano

15 de julio de 2026 Desactivado Por Regnumdei

Las almas llaman a María ‘Estrella del Mar’. Ella les trae alivio”.


Para comprender mejor la gran necesidad de la asistencia de María en el momento final, hay que recordar que la hora de la muerte es propiamente la hora más decisiva y difícil de todas. En ella quedará fijo nuestro destino para la eternidad. Cuando cae un árbol, sea a la derecha o a la izquierda, “donde cae, allí se queda”, como bien dice el Eclesiastés (11, 3).
Si cae hacia el lado correcto, si morimos en la gracia de Dios, seremos felices para siempre; pero si se tumba hacia el lado equivocado, si morimos en la enemistad de Dios, nuestro lugar estará junto a los réprobos. La hora de la muerte es la hora del combate supremo. Si triunfamos sobre el demonio, todas nuestras derrotas pasadas quedarán reparadas, seremos victoriosos para siempre, encontraremos un lugar entre los eternos triunfadores y el Rey del Cielo nos ceñirá con la corona de la gloria eterna.
Tomemos el caso del buen ladrón. Su vida estaba manchada por varios crímenes. Había sido un infame criminal con las manos teñidas en sangre de hermanos; algunos instantes antes de morir se arrepintió, fue perdonado, sus crímenes fueron borrados y –cual piadoso ladrón del Cielo, como se lo suele llamar– por un instante de sinceridad y penitencia fue a compartir las alegrías del Paraíso junto a los patriarcas y los profetas que pasaron la vida entera en la práctica de las buenas obras.
Si en cambio nuestro enemigo, el demonio, triunfa sobre nosotros en el último momento, nuestras victorias ganadas, por numerosas y retumbantes que hayan sido, serán inútiles. Nuestras buenas obras, aunque hayamos vivido como justos durante largos años, se habrán perdido para siempre y se disiparían como simples nubes dispersadas por el viento. Seríamos como navegantes que después de vencer varias tempestades, naufragan en el mismo puerto de arribo.

La hora de la muerte es una hora decisiva, pero también difícil.

Angustias de los moribundos


La intercesión de María Santísima es tan necesaria como eficaz en la hora de nuestra muerte. ¡Felices las almas que Ella asiste en aquel momento!
¡Qué atroces son las angustias de los moribundos que no han perdido completamente la fe, cuando los remordimientos de conciencia, el temor al juicio inminente y la incertidumbre de la salvación se reúnen para llenarlos de inquietud y espanto! Los diablos multiplican su ferocidad para atrapar la presa que se les escapa. Se agrupan en gran número junto a la cama del enfermo para intentar un esfuerzo supremo.
¡Si el moribundo pudiera reaccionar todavía con la plenitud de sus fuerzas! ¡Pero no puede! Nunca habrá sido atacado con tanta violencia ni estuvo jamás tan débil para defenderse. La imaginación se desordena por completo, como un campo abierto que los animales salvajes –mejor sería decir los fantasmas más lúgubres y horrorosos– atraviesan libremente en todas direcciones. El espíritu se cubre de tinieblas, y la voluntad sin energía se abandona a la languidez.

Necesidad imperiosa del auxilio de Dios en la hora de la muerte
¡Qué necesario es el socorro de Dios en esta hora! ¡Qué indispensable es la gracia divina para perseverar! No obstante, la gracia, sobre todo la gracia de la perseverancia final, es un don de Dios que no se nos ha dado merecer, pero sí obtener infaliblemente con nuestras oraciones.
Ahora bien, como la Santísima Virgen María es la Medianera obligatoria por cuyas manos deben pasar todos los favores del Cielo –privilegio especialísimo de Dios, que quiere así honrar a su Madre–, a Ella debemos pedir esta gracia de gracias.
Comprendamos entonces por qué la Santa Iglesia nos invita a pedir tantas veces la asistencia de María Santísima en la hora de la muerte. Comprendamos también por qué nos incita a repetir todos los días: Santa María, ruega por nosotros en la hora de nuestra muerte.
La intercesión de María Santísima es tan necesaria como eficaz para nosotros en esa suprema y solemne circunstancia. ¡Felices las almas asistidas por María en aquella hora! No pueden perecer encadenadas por el maligno. nuestra buena Madre puede romper cualquier cadenas que oprima al alma que la invoque y le obtendrá los frutos benéficos de una sincera conversión, empujándola a hacer penitencia verdadera.
Ella estará ahí, cerca de su lecho de dolor como una madre a la cabecera de su hijo moribundo, ahuyentando sus angustias, aliviando sus dolores, endulzando sus pesares, dándole santa paciencia y tomando su defensa ante los ataques furiosos y redoblados del espíritu de las tinieblas.

Cuando la última hora suena para un devoto de la Virgen, dice san Buenaventura, esta buena Madre le envía los espíritus angélicos que están bajo sus órdenes junto a san Miguel, su jefe. Y Ella, al flagelo del infierno – en el decir de san Juan Damasceno; Ella, a la que se ha encomendado el odio a la serpiente infernal, hace sentir a ésta, sobre todo cuando uno de sus devotos está por abandonar este mundo, todo su victorioso poder. En esa ocasión, Ella es para el demonio tan terrible como un ejército en orden de batalla. Se vuelve contra él como esa torre de la que habla el Cantar de los Cantares, donde mil escudos están levantados con las armas de los más valerosos.
¡No, un servidor de María no puede perecer! – exclama san Buenaventura.
¡No, aquél por quien María se digna rezar ya no puede dudar de su salvación ni de su ida a la gloria celeste! -dice san Agustín.
¡No, aquél por quien María rezó una vez no perecerá! ¡No, quien recitó piadosamente todos los días el Avemaría no será abandonado en la última hora! – exclama también san Anselmo.
Esta oración posee todas las cualidades capaces de hacerla infaliblemente victoriosa.
En primer lugar es santa en su motivación. En efecto, ¿qué cosa pedimos por su intermedio? La perseverancia final “en la hora de nuestra muerte”.
Además es humilde. Le confesamos con ella nuestra miseria a María Santísima, revistiéndonos con un título que nos conviene tan bien: “pobres pecadores”.
También es confiada, porque nos dirigimos a la más poderosa intercesora que pueda haber, denominada “omnipotencia suplicante” en vista de su santidad prominente y su incomparable dignidad como Madre de Dios: “Santa María, Madre de Dios”.
Esta oración es perseverante. ¿Qué otra puede serlo más? En el supuesto de que rezáramos sólo un Avemaría por día, ¿cuántas veces durante nuestra vida habríamos pedido a Ella que intercediera por nosotros en la hora de la muerte? ¿Cómo será entonces si rezamos al menos una decena del rosario? ¿Cuánto más si tomáramos la costumbre de rezar uno entero todos los días? ¿Será posible que María Santísima, tan celosa de nuestra salvación, no nos oiga? ¡No, esto es imposible! Se ofenden las promesas, los juramentos de Cristo Nuestro Señor referidos a la oración, así como la bondad y la ternura de su Santísima Madre

Así pues, tomemos la decisión de rezar todos los días de nuestra vida, con fe, confianza y cuidado renovados, las 3 Ave María o el Santo Rosario. el Avemaría. Así obtendremos cada día las gracias particulares que necesitamos y, sobre todo, la gracia necesaria al final de la vida, la mayor de todas, la más importante, la gracia de la perseverancia final.

Testimonio de San Andrés Avelino

Según se cuenta, a la hora de la muerte de san Andrés Avelino, gran siervo de María, su lecho estaba envuelto por más de diez mil demonios; durante su agonía tuvo que trabar contra el infierno un combate tan terrible que causó estupor a los religiosos presentes. Vieron su rostro demudarse hasta quedar lívido; todos sus miembros temblaban, sus dientes rechinaban, las lágrimas corrían por su rostro, dando testimonio del violento asalto que estaba recibiendo. El espectáculo arrancó lágrimas a todos los asistentes, cada uno de los cuales redoblaba sus plegarias y temía por sí mismo, cuando veía a un santo morir de tal manera. Una sola cosa consolaba a los religiosos: el moribundo muchas veces volvía el rostro hacia una imagen de la Virgen, indicando que le pedía auxilio y recordándoles las muchas veces que había dicho en vida que María Santísima sería su refugio en la hora de la muerte.
Por fin, quiso Dios poner fin al combate, otorgando al santo la victoria más gloriosa. La agitación acabó, el rostro del moribundo recobró su serenidad primera; lo vieron permanecer tranquilo, con la mirada fija en la imagen, para inclinarse luego en señal de reconocimiento y expirar dulcemente en brazos de la Santísima Virgen, que tanto había invocado en vida y que venía a hacerle sentir su todopoderosa protección en aquel momento culminante.
Imitemos la devoción de san Andrés Avelino y, como él, en nuestra última hora seremos asistidos y auxiliados por la misericordiosísima Reina de los Cielos.

San Alfonso María de Ligorio, sacerdote que vivió en el Siglo XVII, escribió una de las obras más grandes de la Mariología, llamada “Las Glorias de María”, en este libro dedica un capítulo entero a describir la asistencia de María Santísima a las almas del purgatorio. De acuerdo con el santo, la Virgen María reveló a santa Brígida lo siguiente: “Yo soy la Madre de todas las almas que estén en el purgatorio, y todas las penas que tienen que purgar por las faltas cometidas, constantemente son aliviadas y mitigadas por mis plegarias”. Añade San Alfonso: «[La Virgen María] no se desdeña esta piadosa Madre a las veces, hasta de hacerse presente en aquella santa prisión para visitar y consolar a sus hijas afligidas».

Santa Brígida de Suecia, nacida en 1303, escribió que la misma Virgen le reveló que las Almas del Purgatorio se sienten apoyadas con sólo escuchar el nombre de María. Los siglos son ricos en otros signos de misericordia de la Madre de Jesús. Pensemos en la historia de las distintas Órdenes religiosas donde la acción de la Virgen está visiblemente a favor de la Iglesia peregrina en la tierra, pero también de la que se purifica en el Purgatorio. Y los mismos hechos relacionados con el uso del escapulario entre los carmelitas, muestran cómo un amor auténtico a María, fecundo de obras de caridad, recibe de Ella respuestas que derraman una particular influencia positiva también sobre las Almas del Purgatorio.

Por último, también es conveniente tomar en cuenta el testimonio santa Faustina Kowalska (1905-1938). Ella escribió en su diario lo siguiente:

“En ese momento le pregunté al Señor Jesús: ‘¿Por quién tengo que rezar todavía?’. Jesús respondió que la noche siguiente me haría saber por quién debería orar. Vi al ángel de la guarda, que me ordenó que lo siguiera. En un momento me encontré en un lugar brumoso, invadido por el fuego y, en él, una enorme multitud de almas sufrientes. Estas almas rezan con gran fervor, pero sin eficacia por sí mismas: sólo nosotros podemos ayudarlas. Las llamas que los quemaban no me tocaron. Mi ángel de la guarda no me abandonó ni un solo momento. Y les pregunté a esas almas cuál era su mayor tormento. Y contestaron unánimemente que su mayor tormento es el ardiente deseo de Dios, vi a Nuestra Señora visitando las almas del Purgatorio. Las almas llaman a María ‘Estrella del Mar’. Ella les trae alivio”.