Ex fide vivit
La virtud de la Fe, la razón y la voluntad
Jesucristo, ideal del sacerdote Beato Dom Columba Marmion, O.S.B.
La fe es el homenaje que nuestra razón rinde a la veracidad divina. Dios ha hablado, sobre todo, por medio de Jesucristo y de los apóstoles. Cuando el hombre acepta la revelación divina, con sus esplendores y sus oscuridades, humilla todo su ser ante Dios, se entrega enteramente a la suprema e infalible Verdad y con ello glorifica al Señor. Porque en esta aquiescencia total de su espíritu, todo el hombre se siente impulsado a confundirse y abismarse ante la autoridad suprema de Dios.
La esencia de la fe consiste en esta sumisión de la inteligencia que se adhiere a la Verdad sustancial que le revela el misterio divino y los caminos de la salvación.
La fe es una comunión de nuestro espíritu, no con los puntos de vista de otro hombre por muy docto que sea, sino con el pensamiento del mismo Dios. Por la fe, hacemos nuestro su pensamiento y participamos del conocimiento que Dios tiene de sí mismo y de los designios de su predestinación eterna. Debemos aceptar con profundo respeto la revelación divina, tanto en su conjunto como cada una de las verdades que la Iglesia, único juez supremo en estas materias, nos manda creer: «Lo que creemos de vuestra gloria, lo creemos por la fe de vuestra revelación»: Quod enim de tua gloria, revelante Te, credimus [Prefacio de la misa de la Trinidad].
Lejos de humillar a la razón humana, la fe la eleva, amplía inmensamente sus fronteras y la hace participar de las verdades capitales sobre el sentido de su destino.
La fe implica necesariamente tres elementos: una adhesión del entendimiento, un movimiento de la voluntad y una inspiración de la gracia, que envuelve enteramente el acto del creyente.
La fe no es una conclusión del razonamiento, es decir, la convicción producida en la inteligencia por la fuerza de los argumentos. Sino que es una sumisión voluntaria, confiada y total del espíritu a la autoridad de Dios que revela.
¿Por qué interviene la voluntad en el acto de la fe? Como sabéis, no es sino por un trabajo abstracto y difícil como llegamos a concebir las cosas que sobrepasan los límites de nuestras experiencias humanas. Por eso, las verdades sobrenaturales se nos presentan siempre rodeadas de espesas tinieblas. Al aceptar la revelación con todas sus enseñanzas, nuestra inteligencia se abre de par en par a la verdad divina, aceptándola con perfecta aquiescencia. Pero esto no lo puede hacer sino mediante un impulso de la voluntad, deseosa de encontrar a Dios, y de comunicarse con Él. La gracia interviene, pero sin que sea preciso que se sienta su influjo en todo este proceso tan complejo.
La parte de voluntariedad y de libertad que comporta el acto de fe hace que éste sea meritorio a los ojos de Dios. En todo este proceso, Dios ha querido dejar suficiente margen de oscuridad para que el creer sea un acto de profunda confianza en Él, a la vez que suficiente claridad para que el acto de fe pueda parecernos completamente razonable.
Por último es necesaria la acción de la gracia sobre el entendimiento y la voluntad. Leed el Evangelio. Los contemporáneos de Jesús podían verle y oírle; sus sentidos le tenían siempre a su alcance; su razón les decía que era un hombre eminente, de una virtud extraordinaria. Pero para poder penetrar en el Santo de los santos de su naturaleza divina y creer que era el verdadero Hijo de Dios, se requería, además de los milagros y de las profecías, un don de la gracia. Así lo proclamó el mismo Jesús: «No es la carne ni la sangre quien eso te ha revelado, sino mi Padre»: Caro et sanguis non revelavit tibi, sed Pater meus (Mt., XVI, 17). Y en otra ocasión: «Nadie puede venir a mí, si el Padre… no le trae»: Nemo potest venire ad me, nisi Pater… traxerit eum (Jo., VI, 44).
La fe nos viene de lo alto. El incrédulo debe implorar humildemente su venida, y nosotros, que estamos ya en posesión de este don, pedir su aumento: Credo, Domine, adjuva incredulitatem meam (Mc., IX, 24).
Siempre son posibles las tentaciones contra le fe, pero al mismo tiempo son un estímulo para la oración. Si recurrimos a la oración cuando somos tentados, nuestra fe se robustece y apreciamos mejor su carácter sobrenatural y gratuito. Aprendamos a utilizar estas dudas, sin que por ello nos expongamos temerariamente a conversaciones y lecturas que pueden hacer peligrar nuestra adhesión al depósito de la revelación, y unámonos más consciente y firmemente a Cristo y a su mensaje.
