La Santidad del sacerdote, más allá de lo legal
San Juan de Ávila: ¡Cuánta cautela debe tener en guardarse todo para Aquel que tanto le honra en ponerse en sus manos y venir a ellas por las palabras de la consacración!
Si todas las dimensiones de la vida sacerdotal, para San Juan de Ávila, exigen al sacerdote santidad, la celebración de la Eucaristía es para él la causa principal por la que el sacerdote debe ser santo.
Conforme a la doctrina de la Iglesia desde antiguo hasta nuestros días, el sacerdocio ministerial tiene su origen, vive, actúa y da frutos “de Eucaristía”. No existe sacerdocio sin eucaristía. Y no existe eucaristía sin sacerdocio. La Eucaristía, fuente y cumbre de toda la vida cristiana es centro y raíz de toda la vida del presbítero. Lo es en su celebración cotidiana, la cual, aunque no pueda haber en ella presencia de fieles, es acto de Cristo y de la Iglesia.
San Juan de Ávila entiende la Eucaristía como el lugar donde se recoge todo el misterio de Cristo. Usaba además la imagen de “retablo de las maravillas del Señor”, posiblemente derivada del Gracioso convite de Francisco de Osuna. Por eso se trataba del misterio preferido, por decirlo de alguna manera, del Santo Maestro del cual le gustaba predicar de modo especialísimo.
Es la Eucaristía ese “maná escondido” que tiene la capacidad de transformar el corazón de quien la recibe.
Para el sacerdote, celebrar la Eucaristía debe provocar asombro y admiración. Se puede comer a Cristo mismo y se produce así una unión tan profunda con Él que lleva a renunciar a lo demás de la tierra y a una transformación con el amado, ya que lo que el amor despierta es desear estar desnudo para que Cristo sea la vestidura, pobre, para que Él y sólo Él sea la riqueza y cuanto más en el sacerdote, amigo del Señor:
«Porque si el que halla el tesoro abscondido en el campo vende cuanto tiene por lo comprar (Mt 13, 44), ¿qué hará quien encuentra con el dulcísimo maná abscondido de la dulcedumbre de Dios (cf. Ap 2,17), sino, por comer de él con entrambos paladares, ayunar de todo lo demás de la tierra y decir con sus entrañas: Quid mihi est in cáelo? et a te quid volui super terram? Defecit caro mea et cor meumf Deus cordis mei, et pars mea Deus in aeternum! [¿A quién tengo yo en los cielos? ¿Y a quién fuera de ti, deseo sobre la tierra? ¡Desfallece mi carne y mi corazón! ¡Dios es la fortaleza de mi corazón y mi porción por siempre!] (Sal 72,25s). ¡Oh parte rica! ¡Oh parte que es todo, al cual, comparado todo, es como grano de mijo a la grandeza del cielo! ¿Y quién es aquel que contigo no se contenta y que no desea estar desnudo para que tú seas su vestidura, pobre para que tú seas su riqueza? Y si hicieren burla de él porque vendió cuanto tenía por comprar aquel campo (Mt 13,44), él llorará de compasión de los otros y se gozará de haber hecho tal trueco, que dejó muchas cargas para mejor seguir a Dios y compró una perla (cf. Mt 13,45s), que sola ella vale más que lo que dejó y que todo el mundo».
San Juan de Ávila está convencido de que el sacerdote tiene que ser santo por ser ministro de la Eucaristía y así lo expresa muchas veces a través de sus escritos: Tratado sobre el Sacerdocio, Memoriales, Sermones y Pláticas, y de sus Cartas a los sacerdotes que se dirigen con él.
En la “Platica enviada al P. Francisco Gómez, S.I. para ser predicada en el Sínodo diocesano de Córdoba, compara el sacerdocio en el Antiguo y el Nuevo Testamento resaltando la importancia de la elección en uno y mucho más en el otro y hace que nos fijemos en la obediencia que tiene Jesucristo al sacerdote en el momento de consagrar para exhortar a los sacerdotes a tener una obediencia total al Señor. San Juan de Ávila argumenta de la siguiente forma:
«Coteje la diferencia que hay entre el sacerdote del Viejo Testamento y del Nuevo. Y, si la Escriptura cuenta por gran beneficio el elegir Dios a uno para aquél, ¿qué será para éste? Y particularmente se diga del poder que Dios dio para el consagrar, y cuan presto viene, siendo llamado; y que es mayor beneficio que lo que se cuenta de Josué, cuando hizo estar quedo el sol, como dice la Escriptura, que no hubo día tan largo, obediente Domino voci hominis (Jos 10,14). Más grande es éste y mayor obediencia, pues allí se quedó Dios donde estaba, y aquí toma ser sacramental donde no lo tenía.
¿Quién con tanta diligencia obedece a su mayor con cuanta Cristo obedece a sus sacerdotes? … ¡Oh gran lección nuestra! ¡Oh admirable ejemplo!, del cual cierto con mucha razón se puede decir: “Si ego Dominus et magíster” (Jn 13,14), y estando glorioso y en tiempo de ser servido y obedecido de santos y ángeles en el cielo (como lo ésta); si me abajo yo a obedecer con tanta presteza y tan buena gana, ¿Cuánto mas vosotros será razón que me obedezcáis a mi y a todos por mi?” ¿Quién después que ha consagrado no queda atónito, o con profunda humildad no dice al Señor, a semejanza de San Pedro y de San Juan Baptista: Tú, Señor, vienes a mi? (Lc 5,8; Mt 3,14). ¿Qué sacerdote, si profundamente considerase esta admirable obediencia que Cristo le tiene, mayor a menor, Rey a vasallo, Dios a criatura, ternía corazón para no obedecer a nuestro Señor en sus santos mandamientos y perder antes la vida, aún en la cruz, que perder su obediencia?».
En la Carta 6 dirigida a un sacerdote discípulo suyo que le pedía consejo para la disposición a la celebración de la Eucaristía, el santo abre su corazón y nos muestra sin duda los sentimientos mas profundos de su corazón, que tendrían que ser los que tuvieran todos los sacerdotes:
«¡Oh señor, y qué siente una ánima cuando ve que tiene en sus manos al que tuvo nuestra Señora, elegida, enriquecida en celestiales gracias para tratar a Dios humanado, y coteja los brazos de ella y sus manos y sus ojos con los propios! ¡Qué confusión le cae! ¡Por cuan obligado se tiene con tal beneficio! ¡Cuánta cautela debe tener en guardarse todo para Aquel que tanto le honra en ponerse en sus manos y venir a ellas por las palabras de la consacración! Estas cosas, señor, no son palabras secas, no consideraciones muertas, sino saetas arrojadas del poderoso arco de Dios, que hieren y trasmudan el corazón y le hacen desear que, en acabando la misa, se fuese el hombre a considerar aquella palabra del Señor: Scitis, quid fecerim vobis? 1 (Jn 90 13,12). ¡Oh señor, y quién supiese quid fecerit nobis Dominum en esta hora!, ¡quién lo gustase en el paladar del ánima!, ¡quién tuviese balanzas no mentirosas para lo pesar!, ¡cuan bienaventurado sería en la tierra! ¡Y cómo, en acabando la misa, le es gran asco ver las criaturas y gran tormento tratar con ellas, y su descanso sería estar pensando en quid fecerit ei Dominus, hasta otro día que tornase a decir misa! Y si alguna vez diere Dios a vuestra merced esta luz, entonces conocerá cuánta confusión y dolor debe tener cuando se llega al altar sin ella; que quien nunca lo ha sentido no sabe la miseria que tiene cuando le falta».
San Juan de Ávila es un enamorado de la Eucaristía y entiende que este sacramento solo puede brotar de las manos del sacerdote, por ello pide al sacerdote santidad de vida. Una santidad que va mas allá de lo legal y que por tanto debe brotar de la experiencia de sentirse amado, elegido, consagrado para hacer presente al mismo Señor.
