Un Totalitarismo que encarceló a la Patria potestad
Toda potestad, la del señor sobre los esclavos y la de los padres sobre los hijos ha sido transferida al Estado…
Tremunt potestates. Tiemblan las potestades enfrentadas. Y la que lleva las de ganar, es la potestad del Estado. El tremendo problema es que estamos sustituyendo (de hecho, ya está sustituida) la patria potestad por la potestad del Estado. Se nombra por pura inercia la patria potestad, pero nuestra cultura está radicalmente contra ella. Y al negarla, se niega también el munus (es decir los deberes paternos y maternos) porque nos parece lo más natural del mundo que sea el Estado el que ejerza con nuestros hijos tanto el oficio como la potestad inherente del padre y de la madre. Así que a la primera de cambio, uno de los recursos más socorridos del Estado para hacer cumplir a los padres las leyes y los caprichos de las distintas administraciones respecto a la forma de criarlos, es quitarles la patria potestad, es decir quitarles los hijos: que en eso se concreta al final la privación de la patria potestad.
Hoy las vacunas; mañana será porque se han negado a que se le practique al niño la cirugía y la química de cambio de sexo que le impone el comité escolar de defensa de los derechos sexuales del menor. Da lo mismo cuál sea el motivo, el caso es que se han colocado los “derechos” del Estado sobre el niño, por encima de la “patria potestad” y de los múnera que la acompañan. Porque quien mantiene la potestad sobre los niños, igual que sobre el resto de ciudadanos, es el Estado. Potestad sobre otro ciudadano, sólo la tiene el Estado. A los padres sobre sus hijos, sólo les queda pues el munus, el oficio de padre y el oficio de madre con los deberes inherentes. Por cierto, el matrimonium hace referencia al munus de mater; y el patrimonium al munus de pater, que siempre han ido ligados a la patria potestas.
Es cierto que sigue en pie la figura jurídica de la “patria potestad”; pero eso es algo que hace tiempo ya que ha desaparecido. Ha quedado muy lejos la potestad que antes tenían los padres. La potestad ha pasado íntegramente al Estado, que es hoy el único sujeto con potestad. Toda potestad, la del señor sobre los esclavos y la de los padres sobre los hijos ha sido transferida al Estado, con el correspondiente maquillaje para que la apariencia sea más acorde con los valores del momento. Vean por ejemplo la potestad que ejerce el Estado a través de su sistema recaudatorio. Se trata, claro, de impuestos, imposiciones o como quiera que se llame a eso.
La educación evidentemente, está muy lejos de ser un acto de servicio del poder al que está sometido a su potestad. Es un acto de potestad. Es como el proceso de doma: no es un servicio al animal domado, sino un ejercicio de poder sobre él, una imposición. Por eso, aunque el Estado reconozca en las proclamas legales la potestad de los padres en la educación de sus hijos, a la hora de desarrollarse la aplicación de esa proclama, es el Estado el que ejerce esa potestad. Impone toda la programación educativa, porque necesita que la gente esté programada. Resulta que en cualquier régimen, todas y cada una de las administraciones reivindican para sí la competencia de educación, porque sienten una auténtica pasión por programar a los niños, a los adultos y a los jóvenes. No tienen más que ver lo muchísimo que le cunde al gobierno de Cataluña la competencia sobre educación. Educan súbditos del sistema, igual que el domador de bueyes educa al otrora toro para su provecho (el del domador). Pero no, eso es sólo lo que parece. Podría escribir un bello tratado de gobierno de los bueyes, explicando cómo desde la castración hasta la doma o enseñanza pasando por la sanidad y siguiendo por garantizarle el puesto de trabajo (porque si no trabaja, no come), el dueño-domador lo hace absolutamente todo por el bien de los bueyes. ¿Puede haber acaso un Estado más benéfico?
Una injerencia en las ideas, la religión y la moral…
Es curioso que mientras asistimos a una vertiginosa desnormalización económico laboral en todos los órdenes (ahí está a la vista el desmantelamiento de un sistema de transporte público, me refiero al taxi, al que está desplazando sin piedad el nuevo manejo del mercado), junto a esa liberalización radical, se está ejerciendo desde el poder (desde la potestas del Estado) una injerencia en las ideas, la religión y la moral como sólo se ha conocido en los regímenes teocráticos. Liberalización económica más allá de los usos y costumbres y acuerdos y conquistas laborales, junto a un totalitarismo férreo en el plano moral e ideológico. Un totalitarismo, repito, propio de regímenes teocráticos. Nombro a éstos solamente, porque el totalitarismo de izquierdas o progresista está bendecido por todos los “maestros de opinión”…
Si sorprendente es que el poder civil esté invadiendo las conciencias de los ciudadanos, más sorprendente es aún que la Iglesia que ha sido siempre factor clave en la formación de las conciencias, haya desertado tan lastimosamente de su función. Es comprensible quizá su retraimiento en la defensa de la moral sexual cuando empezó el “movimiento de liberación sexual de la mujer”. Infinidad de eclesiásticos picaron el anzuelo. Y como la temperatura de la aberración y del engaño iba subiendo poco a poco, la rana se iba cociendo sin sentir necesidad de saltar. Pero al incluir el aborto entre los dones que le ofrecía a la mujer la libertad sexual, fueron muchísimos los que saltaron y se plantaron. Y fueron millones los fieles que siguieron a sus pastores en esa resistencia a la dictadura del poder político sobre las conciencias. Otros siguen cociéndose y sin enterarse.
Pero ese no era el final, nos esperaba una presión aún mayor del poder político sobre nuestras conciencias. El Estado reclama el derecho a formar las conciencias de nuestros hijos, bajo pena de privarnos de la patria potestad. A quien se rebela contra la dictadura moral del Estado, éste le castiga quitándole los hijos. En el caso de las vacunas (lo pongo sólo como modelo del modus operandi del Estado), se les priva a los padres de la patria potestad y se les secuestran por tanto los hijos, sólo durante el tiempo necesario para vacunarlos; lo mismo ocurre con la aplicación de otras terapias obligatorias; luego se les devuelven los hijos, y con ellos la patria potestad. Y lo mismo está previsto que ocurra con el cambio de sexo y demás ingenierías sociales sobre los menores.
La clave filosófica del asunto es bien simple: el Estado tiene poder coercitivo y lo usa para imponer ideas, conciencia, formas sexuales y todo lo que se le antoja. La Iglesia en cambio, sólo tiene poder persuasivo. Su fuerza está en la doctrina, no en el poder. Por eso es perentorio reclamar como derecho cívico el “poder” de la Iglesia sobre la moral y la conciencias, y denunciar el totalitarismo del Estado al entrometerse en este terreno.
Por Cesáreo Marítimo
