Predicar el Pudor

Predicar el Pudor

11 de julio de 2014 Desactivado Por Regnumdei

El Apóstol, contra la lujuria, predica la castidad

 

Corinto, ciudad griega próxima a Atenas, se abría al mar por dos puertos, uno al Egeo y otro al Adriático. La ciudad estaba dominada por el acrocorinto, una gran roca escarpada sobre la que se alzaba la acrópolis, y en ella el espléndido templo de Afrodita, diosa del amor -la Venus romana-, templo servido por prostitutas sagradas. Poblada la ciudad por gentes de diversas nacionalidades, era un centro de cultura y de comercio, de riqueza y de vicios, célebre entre las ciudades griegas por la degradación moral de sus costumbres.

En este ambiente moral corrompido habían nacido los cristianos corintios, recién conversos, y por lo que dice San Pablo, el fundador de aquella Iglesia local, todavía perduraban entre ellos con demasiada frecuencia los viejos vicios: «es ya público que reina entre vosotros la fornicación» (1Cor 5,1).

El Apóstol, por supuesto, no aprecia la impudicia de los corintios como un valor, ni la considera tampoco como un dato social inevitable. Por el contrario, con todo amor, firmeza y esperanza, ilumina aquella situación moral tenebrosa del único modo posible: con la luz de la Palabra divina. ¿Cómo podrán ser iluminadas las tinieblas si no se les da la luz? ¿Hay acaso algún otro medio?

San Pablo, en su primera carta a los Corintios, les llama con insistencia a la castidad, queriendo apartarlos de la fornicación generalizada y del impudor que necesariamente lleva ésta consigo. Y para ello emplea varios argumentos de gran fuerza. Les dice:

-Renováos en Cristo, el hombre nuevo. «Despojáos de la vieja levadura, para ser una masa nueva… Celebremos nuestra Pascua no con la vieja levadura de la malicia y la perversidad, sino con los panes sin levadura de la pureza y la verdad» (1Cor 6,7-8).

-Sois miembros de Cristo. «El cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor, y el Señor es para el cuerpo… ¿No sabéis acaso que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? ¿Y voy a tomar yo los miembros de Cristo para hacerlos miembros de una prostituta? De ninguna manera… El que se une al Señor se hace un solo espíritu con él. Huid de la fornicación» (6.15-18).

-Sois templos del Espíritu Santo. «¿O es que no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros, y que habéis recibido de Dios?. No os pertenecéis, pues habéis sido comprados ¡y a qué precio! Glorificad, pues, a Dios en vuestros cuerpos» (6,19-20).

-Temed el castigo divino contra la lujuria. «No os engañéis: ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas… poseerán el reino de Dios. Y algunos de vosotros esto érais. Pero habéis sido lavados, habéis sido santificados, habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y por el Espíritu de nuestro Dios» (6,9-11). «¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguno profana el templo de Dios, Dios le destruirá. Porque el templo de Dios es santo, y ese templo sois vosotros» (3,16-17).

Pues bien, hoy son muchas las Iglesias particulares de Occidente que viven en Corinto. Y en esas Iglesias son muchísimos los cristianos corintios que, con sus conciudadanos paganos, dan también culto a Venus y a las riquezas, aunque sea en una forma más atenuada.

Pero a diferencia de los corintios de San Pablo, estos cristianos corintios de hoy, apenas tienen conciencia muchas veces de su pecado, con el que quizá desde niños están ya connaturalizados. Y por eso permanecen en él, porque casi nunca les llega sobre este tema la luz de la Palabra divina, la única que podría sacarles de sus tinieblas miserables.

¿Y cómo apreciarán el valor del pudor y de la castidad si apenas lo conocen? ¿Y cómo lo conocerán y lo vivirán si no se les predica?… «El justo vive de la fe… Y la fe es por la predicación» (+Rm 1,17; 10,14-17).

 

 

¿Por qué hoy apenas se predica el pudor y la castidad?

 

Se diría que cuanto más abunda en una Iglesia un mal concreto, con más insistencia ha de ofrecerse allí la medicina adecuada, que en estos casos, como en todos, es la Palabra divina. ¿Cómo es posible, entonces, que estando tantas veces hoy el pueblo cristiano enfermo de lujuria casi nunca se le predique la castidad y el pudor?

 

La pregunta, en cierto modo, no está bien planteada. Es al revés. La falta de predicación del Evangelio de la castidad es la causa mayor de la abundancia de la lujuria y del impudor en el pueblo cristiano y en el mundo pagano. El apagamiento de la luz evangélica del pudor y de la castidad es la causa principal de que las tinieblas de la lujuria se hayan difundido tanto en los últimos cincuenta años, apoderándose de modas y costumbres, del cine y de la televisión, de internet, de la prensa y de los espectáculos, de las costumbres de jóvenes, novios y casados, de la publicidad comercial y de todo. Cuando un lugar se queda a oscuras, atribuímos esa oscuridad total o parcial a que total o parcialmente se ha apagado la luz. ¿No es ésa la causa principal de la oscuridad?

 

Pero volvamos a la pregunta inicial: ¿por qué hoy apenas se predica la verdad católica sobre el pudor y la castidad? Yo creo que las razones principales son las que siguen.

 

 

Porque se estima que es o era una doctrina falsa

 

Está claro: no se predica aquello en lo que no se cree. No sería honrado. En ciertas Iglesias locales, en efecto, son muchos los pastores y predicadores que silencian la doctrina católica sobre la castidad y el pudor porque se avergüenzan de ella, porque creen que es o era errónea. Estiman que es en nuestro tiempo cuando hemos dado con la verdad en estos temas, mientras que nuestros hermanos cristianos antepasados -Clemente, Cipriano, Atanasio, Francisco, Pablo de la Cruz, Antonio María Claret, etc.-, no tan antiguos o incluso actuales -Tanquerey, Royo Marín, Juan Pablo II, etc.- estaban o están afectados por una visión morbosa del cuerpo, y en general de todo lo humano, mundano y terreno.

 

Los que así piensan andan errados.

 

Por temor a la cruz

 

No se predica la castidad y el pudor porque se teme que tal predicación traiga persecución y cruz. En este supuesto, el predicador -crea o no crea en la verdad del pudor cristiano-, calla sobre el tema porque tiene miedo a la cruz que pueda sobrevenir a causa de su predicación.

 

La predicación del Evangelio del pudor hoy, estando el impudor tan arraigado en el mundo y en buena parte del pueblo cristiano, no puede hacerse sin que traiga, sin duda, no pequeñas cruces. Estas cruces caerán en
primer lugar sobre el predicador; pero también, y grandes, sobre los cristianos que quieran vivir ese Evangelio fielmente. Si los cristianos reciben ese Evangelio tendrán muchas veces que entrar en confrontación con las costumbres del mundo, o habrán de marginarse de ellas en mayor o menor medida. Y todo esto puede ser a veces sumamente penoso.

 

Por miedo a desprestigiar a la Iglesia

 

La razón que acabamos de señalar, el miedo a la cruz, puede tener una versión menos tosca, pero en cierto modo aún peor. Se silencia el Evangelio del pudor, aun en el supuesto de que se crea en él, para evitar que por su causa la Iglesia sea más despreciada o perseguida por el mundo de nuestro tiempo: «no ocasionemos la aversión a la Iglesia por una causa moral que, después de todo, tiene una importancia secundaria».

 

Hoy son muchos los que, avergonzándose abiertamente de las enseñanzas bíblicas y tradicionales acerca del pudor -tan humildes, tan realistas, tan verdaderas-, no solamente las silencian, sino que con un celo propio de conversos, se empeñan incluso en combatirlas y hacerlas olvidar, con la «sana» intención de liberar a la Iglesia de un pasado doctrinal tan lamentable, que la desprestigia y que colabora a hacerla  increíble al hombre actual.

 

El planteamiento será quizá bienintencionado, pero es falso. Si Juan Bautista, si Jesucristo, si Esteban, si los Apóstoles hubieran seguido esa lógica funesta -ante todo y sobre todo, evitar a la Iglesia la persecución del mundo-, ni siquiera hubiera llegado a nacer la Iglesia.

 

En efecto, si se hubiera aplicado la lógica de esos pensamientos, no habría sido plantado en el mundo el árbol de la Cruz, y ciertamente no habría sido regado con la sangre de Cristo y de todos sus discípulos mártires, ni hubiera dado frutos maravillosos de salvación para todos los pueblos. Avergonzarse de la cruz de Cristo es algo diabólico. Es lo que probablemente motivó la traición de Judas.

 

También Simón Pedro se avergüenza en un principio de la cruz del Maestro, pero se arrepiente luego. La primera vez que Jesús anuncia a los discípulos que va a «ser reprobado» por todos y que incluso va a ser «entregado a la muerte», «Pedro, asiéndole, comenzó a increparle: “¡no quiera Dios, Señor, que esto suceda!”. Pero él, volviéndose, dijo a Pedro: “¡apártate de mí vista, Satanás! Eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres». Y seguidamente «dijo Jesús a sus discípulos: el que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la salvará» (Mt 16,21-25; +Mc 8,31-35; Lc 9,22-24; Jn 12,24-25).

 

 

 

JOSE MARIA IRABURU     Elogio del pudor