No todo candelabro es para el altar
El sufrimiento que causó, en Santa Teresa de Ávila, Ana de Mendoza de la Cerda, conocida como la Princesa de Éboli.
Intentó imponer sus propias normas en el convento, tratando a las monjas como si fueran sus sirvientas y entrando y saliendo de la clausura a su voluntad, lo cual contravenía la estricta reforma de Santa Teresa.
Exigió leer la autobiografía de Santa Teresa y la leyó en voz alta frente a sus criadas, mofándose de las experiencias místicas de la Santa.
Tras las rencillas, la princesa entregó el ejemplar del libro a la Inquisición, lo que provocó que la obra fuera incluida en el índice de libros prohibidos y complicó la labor de Teresa.
Cuenta la historia como en el corazón piadoso de una connotada familia católica que se comprometió en las fundaciones de la reforma de Santa Teresa de Ávila, brotó una de los más repugnantes oposiciones al carisma que Dios regaló a la Iglesia por medio de la doctora de la Iglesia.
La princesa de Éboli o Ana de Mendoza, heredera de fortunas y títulos, pequeña de cuerpo, pero bella, simpática y locuaz, se enfadaba con facilidad, y sus cóleras eran terribles. Sabía cómo hacerse querer y cómo ganar amigos, pero los rechazaba furiosamente si ellos no se adaptaban enseguida a su indomable voluntad de niña mimada y caprichosa. De su conducta, amoríos y escándalos antes y durante su estratégico matrimonio es mejor no comentar. Pero el afán de resplandecer en la vida de sociedad, se vio opacado por la noticia de la virtuosa religiosa Madre Teresa de Ávila y su reforma. El corazón enfermo y neurótico de afán de protagonismo, no podía descansar, sino hasta tener bajo su dominio toda piadosa novedad.
La decidida madre carmelita fue solicitada por los príncipes de Éboli para que fundase dos conventos, uno de monjas y otro de frailes, en sus posesiones de Pastrana. En el año 1569, la madre Teresa estuvo allí e inauguró los dos establecimientos religiosos, el de los carmelitas varones en las afueras de la villa y el de las monjas en su interior, en un edificio próximo al palacio ducal.

La princesa, mandona, intrigante y manirrota, dotó espléndidamente a ambos conventos, pero también quería intervenir en la organización y la vida interna de los mismos, y esto, como es natural, provocó serios conflictos con las monjas, los frailes y la propia fundadora. Pudo hacerse de la autobiografía de la fundadora, pero sorprendida al burlarse de su contenido, terminó devolviendo el escrito y enfrentándose cada vez que pudiera con la fundadora. En un principio, los problemas fueron suavizados por el tacto y la cordura del esposo, el maduro príncipe de Éboli, muy querido y respetado por Teresa de Jesús, pero se agudizaron cuando este murió el 29 de julio de 1573.
Su viuda, la misma noche del fallecimiento, tal vez impulsada por un súbito arrepentimiento, tuvo la peregrina idea de hacerse monja. Ingresaría inmediatamente en el convento de carmelitas de Pastrana que ella y su marido habían apadrinado. “¿La Princesa, monja?”, exclamó aterrorizada la superiora. “Ya podemos dar por deshecha y perdida nuestra casa…”.
El día después del funeral, Ana Mendoza salió al amanecer de su domicilio de Madrid enfundada en un enorme y sucio sayal de fraile que le venía ancho y se arrastraba por el suelo, porque era muy bajita y no hubo tiempo para confeccionarle un hábito femenino a la medida.
Llegó al convento de Pastrana con todo su cortejo de dueñas y criadas, y lo primero que ordenó fue que todas aquellas toscas y chismosas mujeres profesaran de inmediato y se quedaran a vivir allí como monjas, porque ella no podía prescindir de su servicio. “¿Pero tienen vocación religiosa?”, preguntó, atónita, la madre superiora. La princesa no contestó. Ni se lo había planteado.
Pocos días después ya no vivía en la celda que le habían destinado, sin duda la mejor del convento, situada en el centro del mismo. Como no se sentía cómoda tan cerca de las piadosas hermanas y de la austera capilla, se había trasladado con todo su servicio a un amplio local situado en un extremo del huerto, que tenía comunicación directa con la calle. Lo hizo limpiar y lo llenó de armarios, trajes, cachivaches y joyas. Desde allí podía entrar y salir del convento siempre que lo deseara y recibir a sus numerosas amistades. Impone ser consagrada como monja sin pasar por los estados previos que exige la regla, pide que las carmelitas se arrodillen ante ella en señal de vasallaje, y reclama que se rece por el alma de su esposo ante el Santísimo, pero con rezo vocal, pues no entiende el valor de la oración mental, una de las prácticas de piedad más novedosas propuestas por Teresa para tener un trato más personal con Cristo.
Las monjas se quejaron a la madre Teresa y esta, que no podía expulsar a la causante de todos los males porque era la dueña y siempre actuaba como tal, recomendó la discreta salida de todas las religiosas. Y en una mañana del mes de mayo, sin decir nada a nadie, las monjas abandonaron Pastrana para instalarse en Segovia, bien lejos de la indómita princesa.
Esta se quedó con un palmo de narices, pero, consultado el rey (que dio la razón a Teresa de Jesús en todo ese estrambótico pleito), la Éboli tuvo que conformarse y callar. Después de “perdonar” magnánimamente a las responsables de la “fuga”, solo dijo que estaba dispuesta a olvidar la ofensa.
Poco tiempo después, el convento de Pastrana volvió a llenarse de religiosas, pero no de recias carmelitas, sino de dóciles franciscanas. Esta vez no encontrarían dificultades, porque la terrible princesa, de carácter antojadizo y gustos tan mudables como los vientos de La Alcarria, vivía otra vez lejos de Pastrana y ya no se acordaba de sus frailes ni de sus monjas. Pero el ataque más cruel contra Santa Teresa de Ávila no se dejó esperar. La despechada viuda de Mendoza estuvo en las raíces de las acusaciones contra los escritos de la reformadora del Carmelo ante la Inquisición.
Mendoza regresó a su palacio en Madrid y a su ajetreada vida cortesana, esta vez vinculándose a Antonio Pérez, un antiguo servidor de su marido y nuevo hombre de confianza del rey. Pero la ambiciosa aristócrata pasaría sus últimos años recluida, tras verse involucrada en el turbio asesinato de Juan de Escobedo.
