León XIV: la crisis de la democracia comienza con el olvido de Dios
«Es necesario recuperar el auténtico significado de la libertad, que nos permite descubrir su dimensión relacional»
Las crisis contemporáneas de la democracia, el debilitamiento de la cooperación internacional y las crecientes divisiones sociales provienen de una crisis antropológica más profunda, según declaró el Papa León XIV a los miembros de la Fundación Centesimus Annus Pro Pontifice. El Papa indicó que la respuesta a los desafíos de la modernidad reside en el redescubrimiento de la dignidad humana, el diálogo y la «civilización del amor».
En su encuentro con miembros de la Fundación Centesimus Annus Pro Pontifice, León XIV les agradeció su compromiso con la promoción de la doctrina social de la Iglesia. Asimismo, hizo referencia a su encíclica más reciente, Magnifica Humanitas, destacando que puede servir como un importante punto de referencia para la reflexión sobre los problemas sociales y políticos contemporáneos.
El Papa señaló que el tema de la conferencia de este año, «Un mundo dividido en busca de la espiritualidad: libertad y pluralismo en la doctrina social de la Iglesia», describe acertadamente la situación actual de la humanidad. «Vivimos en una época marcada por las guerras, la creciente polarización y las divisiones culturales y sociales», afirmó el Santo Padre.
La humanidad común es una fuente de esperanza.
A pesar de las numerosas tensiones, el Papa señaló un elemento que sigue uniendo a las personas más allá de las divisiones. «Si bien las divisiones parecen aumentar, hay un denominador común que sin duda nos une a todos: nuestra humanidad común», enfatizó.
León XIV recordaba que las experiencias difíciles obligan a las personas a plantearse preguntas fundamentales sobre el sentido de la vida, el futuro y el rumbo del desarrollo de la sociedad. Señalaba que es precisamente en estas preguntas donde se revela un profundo anhelo de verdad, de Dios y de un sentido perdurable a la existencia.
La libertad no es arbitrariedad.
El Papa dedicó una parte importante de su discurso a reflexionar sobre la libertad. Señaló que la cultura contemporánea suele equipararla con la capacidad de hacer lo que uno quiera. «Es necesario recuperar el auténtico significado de la libertad, que nos permite descubrir su dimensión relacional», enfatizó.
DISCURSO DE SU SANTIDAD EL PAPA LEÓN XIV A LA FUNDACIÓN CENTESIMUS ANNUS PRO PONTIFICE
Sala Clementina, sábado 30 de mayo de 2026
Esta mañana me complace darles la bienvenida, Presidente y miembros de la Fundación Centesimus Annus Pro Pontifice , así como a quienes participaron en la Asamblea General y Conferencia Internacional de 2026. Su presencia aquí se debe a su constante compromiso con el estudio y la aplicación de la doctrina social de la Iglesia en la sociedad actual. No es un secreto que este es un tema que me resulta muy querido, además de ser una parte esencial de la misión de la Iglesia en este mundo. Su reunión anual coincidió con la reciente publicación de Magnifica Humanitas , y creo que esta encíclica puede ofrecer orientación para desarrollar y evaluar los numerosos temas que examinaron durante la Conferencia y su preparación.
En este sentido, el tema elegido para este año —«Un mundo fragmentado en busca de espiritualidad: libertad y pluralismo en la doctrina social de la Iglesia»— ofrece numerosos puntos de reflexión. En primer lugar, reconoce la lamentable situación en la que se encuentra la humanidad, en una era marcada por guerras, una creciente polarización y divisiones culturales y sociales. Sin embargo, en medio de la fragilidad, surge una nueva esperanza. Aun cuando las divisiones parecen aumentar, emerge un denominador común que indiscutiblemente nos une a todos: nuestra humanidad común. De hecho, es precisamente ante las adversidades cuando los seres humanos estamos llamados a reexaminar las preguntas fundamentales que han conmovido los corazones de incontables generaciones, impulsándolas a una reflexión más profunda: «¿Adónde vamos? ¿Hacia qué meta deseamos orientarnos? ¿Qué rumbo debemos elegir como comunidad humana y como pueblos?» ( Magnifica Humanitas , n. 6).
Estas preguntas son una clara manifestación de la búsqueda de la verdad por parte de la humanidad y dan lugar a un anhelo de algo más, una sed de Dios y de un sentido perdurable. También dan testimonio de los aspectos esenciales de nuestra humanidad: los dones divinos de la razón y la libertad, a través de los cuales podemos conocer la verdad y seguir el bien. Si bien la libertad suele entenderse como la capacidad de hacer lo que uno quiere, es fundamental redescubrir un auténtico sentido de libertad que nos permita descubrir su dimensión relacional, pues es precisamente aquí donde podemos hablar de la plenitud de la persona, tanto a nivel individual como social. San Juan Pablo II nos recordó que esta plenitud se encuentra cuando la libertad se vive en el «don de sí mismo y la aceptación de los demás» ( Evangelium Vitae , n. 19), es decir, cuando la libertad se usa para amar. Por el contrario, «cuando se absolutiza en clave individualista, la libertad se vacía de su contenido original y se contradice en su misma vocación y dignidad» ( Ibid. ).
Aquí descubrimos las dos «ciudades» descritas por San Agustín, que siguen caracterizando no solo el corazón humano, sino también las civilizaciones que creamos. La Ciudad del Hombre, edificada sobre el orgullo y el amor propio, se caracteriza por un individualismo egoísta. La Ciudad de Dios, edificada sobre el amor a Dios hasta el altruismo y el cultivo de las relaciones, es lo que verdaderamente hace posible construir una civilización del amor. Desde esta perspectiva, podemos descubrir que lo que subyace a la crisis de las democracias contemporáneas y al debilitamiento del multilateralismo es, de hecho, una crisis antropológica que proviene de haber olvidado en gran medida al Creador. Sin embargo, lejos de sucumbir a la desesperación, estamos llamados a hacer nuestra parte, recordando que «la civilización del amor no nace de un gesto único y espectacular, sino de la suma de pequeñas pero tenaces lealtades que actúan como barrera contra la deshumanización» ( Magnifica Humanitas , 213).
Otro aspecto fundamental para promover y construir una verdadera civilización del amor es el diálogo. Un diálogo basado en la verdad que reconoce y valora la humanidad común de cada persona. De hecho, tener presente la dignidad intrínseca de cada individuo nos permite superar el egoísmo y los intereses particulares en aras del bien común. Esta misma dignidad proporciona, además, el marco para hablar de un pluralismo sano que reconoce las valiosas contribuciones de personas de diversos orígenes y que conduce a la convivencia pacífica.
Con estas breves reflexiones, les agradezco su presencia hoy aquí y sus esfuerzos por promover la Doctrina Social de la Iglesia. Les aseguro mis oraciones constantes y les imparto cordialmente mi bendición, la cual extiendo con gusto a sus familias y seres queridos. Gracias.
Fuente: L´Osservatore Romano
