De San Agustín sobre «la mentira»
El pecado del mentiroso está en su deseo intencionado de engañar
La mentira es un gran problema que, con frecuencia, nos inquieta en nuestro quehacer cotidiano, porque tal vez denunciemos, temerariamente, como mentira lo que no es mentira, o pensemos que, a veces, se puede mentir con una mentira honesta, oficiosa o misericordiosa.
De todos modos, tú, ¡o lector!, no corrijas nada hasta que lo hayas leído todo, y así corregirás menos. Ni quieras buscar la elegancia, pues he trabajado mucho las cuestiones, y, con las prisas de resolver pronto un tema tan necesario en la vida cotidiana, ha sido muy ligera o casi nula la lima de las palabras.
Qué es la mentira
Para eso tenemos que ver qué es la mentira. No todo el que dice algo falso miente, si cree u opina que lo que dice es verdad. Pero entre creer y opinar hay esta diferencia: el que cree, siente que, a veces, no sabe lo que cree, aunque no dude en absoluto de ello si lo cree con firmeza, mientras que el que opina cree saber lo que realmente ignora.
Quien expresa lo que cree o piensa interiormente, aunque eso sea un error, no miente. Cree que es así lo que dice, y, llevado por esa creencia, lo expresa como lo siente. Sin embargo, no quedará inmune de falta, aunque no mienta, si cree lo que no debiera creer o piensa que conoce lo que, en realidad, ignora, aunque fuese la verdad, pues cree conocer lo que desconoce.
Por tanto, miente el que tiene una cosa en la mente y expresa otra distinta con palabras u otros signos. Por eso, se dice que el mentiroso tiene un corazón doble, es decir, un doble pensamiento: uno el que sabe u opina que es verdad y se calla, y otro el que dice pensando o sabiendo que es falso. Por eso, se puede decir algo falso sin mentir, si se piensa que algo es como se dice aunque, en realidad, no sea así. Y se puede decir la verdad, mintiendo, si se piensa que algo es falso y se quiere hacer pasar por verdadero, aunque, de hecho, lo sea. Al veraz y al mentiroso no hay que juzgarles por la verdad o falsedad de las cosas en sí mismas, sino por la intención de su opinión. Se puede decir que yerra o que es temerario el que afirma algo falso, si piensa que es verdadero, pero no se le puede llamar mentiroso, porque no tiene un corazón doble en lo que dice, ni desea tampoco engañar, sino que se engaña él mismo. El pecado del mentiroso está en su deseo intencionado de engañar, bien sea que nos engañe porque l
Pero aún se puede preguntar, para mayor sutileza, si, cuando falta la voluntad de engañar, no hay mentira en absoluto.
Nunca es lícito ni provechoso mentir
¿Qué ocurre si alguien dice una cosa falsa, que él mismo piensa que es falsa, pero hace esto porque juzga que no se le creerá, y quiere, de esa manera, quitarse de en medio a su interlocutor, del que sabe que no le va a creer? Si mentir es decir una cosa distinta de lo que se sabe o piensa, este hombre, por el deseo de no engañar, miente, pero si mentir es decir algo con intención de engañar, este hombre no miente, pues dice una cosa falsa aunque sepa o piense que es falsa, para que aquel al que habla no creyéndole no se engañe, pues sabe u opina que el otro le creerá. Y como se ve que esto puede ocurrir, que alguien diga algo falso para no engañar al que le habla, aún cabe una postura inversa, que alguien diga la verdad para poder engañar.
El que dice la verdad, porque piensa que no le van a creer, dice la verdad, precisamente, para eso, para engañar. Pues sabe o piensa que, precisamente, porque él lo dice, se ha de juzgar como falso lo que dice. Por tanto, como dice la verdad para que se juzgue falsa, por eso dice la verdad para engañar.
Se puede, pues, preguntar quién es el que, realmente, miente: si aquel que dice algo falso para no engañar o el que dice la verdad para engañar, cuando uno sabe o piensa decir algo falso y el otro sabe o juzga que dice la verdad. Ya hemos dicho que el que no sabe que es falso lo que dice, no miente, si cree que dice la verdad; más bien miente el que dice algo verdadero cuando, incluso, piensa que es falso, pues a los dos los hemos de juzgar por sus intenciones.
Así pues, no es una cuestión fácil la que se plantea partir de esos dos casos de que hablamos: el del que sabe o piensa que dice una cosa falsa, y así pretende no engañar, por ejemplo, si uno sabe que un camino está asediado de ladrones y teme que vaya por allí una persona cuya salvación le preocupa, y aquel a quien se lo dice, sabe, por otra parte, que no le va a creer si le dice que en ese camino hay ladrones, y, para que no vaya por allí, se determina a decir que allí no hay ladrones, con el fin de apartarle de ese camino. El otro creerá que hay ladrones, puesto que ha decidido no creer al que dijo que no los había, pues le juzga mentiroso. Pero hay otro caso, que es el del que sabiendo o creyendo que es verdad lo que dice, lo dice para engañar. Por ejemplo, si un hombre, que sabe que no le creerán, dice que en ese camino los ladrones están en un lugar, donde efectivamente sabe que están, pero lo dice para que el otro vaya más confiado y caiga en manos de los ladrones mientras piensa que es falso lo que l¿cuál de los dos ha mentido: el que decidió decir algo falso para no engañar, o el que eligió decir la verdad para engañar? ¿El que al decir algo falso hizo seguir al otro el camino verdadero, o este que dijo la verdad pero hizo que el otro siguiese un camino falso? ¿O acaso ambos mintieron, uno por decir algo falso, el otro porque quiso engañar? ¿O, más bien, no mintió ninguno, uno porque no deseaba engañar, y el otro porque deseaba decir la verdad?
Si la mentira consiste en la voluntad de afirmar una cosa falsa, más bien mintió el que quiso decir algo falso, y de hecho lo dijo, aunque fuera para no engañar, pero si la mentira consiste en afirmar algo con voluntad de engañar, no mintió éste, sino el que dijo la verdad con intención de engañar. Y si la mentira consiste en decir algo para inducir a error, ambos a dos han mentido. El primero porque quiso afirmar algo falso, y el segundo porque con su verdad quiso hacer creer algo falso. Y si, por fin, la mentira es decir una cosa falsa con deseo de engañar, entonces ninguno de los dos mintió. Porque el uno dijo una cosa falsa para persuadir la verdad, y el otro dijo algo verdadero para inducir al error.
Estaremos, pues, muy lejos de toda temeridad y de toda mentira si, cuando es necesario hablar, afirmamos sencillamente lo que sabemos es verdadero y digno de ser creído y deseamos persuadir de lo que hemos dicho. Mas, cuando decimos lo innecesario, o tomamos lo falso por verdadero, o damos por conocido lo que nos es desconocido, o creemos lo que no se debe creer, pero, sin embargo, no intentamos convencer sino de lo que hemos afirmado, no estaremos exentos de la temeridad del error, pero aquí no hay mentira alguna. Evitaremos todo riesgo de mentira si con entera conciencia decimos lo que sabemos u opinamos o creemos que es verdad y procuramos convencer solo de lo que hemos dicho.
La mentira mata al alma
Con mucha mayor seguridad afirman que no se debe dar fe a los ejemplos que se aducen de la vida común. En primer lugar enseñan que la mentira es una iniquidad, y lo hacen con muchos documentos de las Sagradas Escrituras, y sobre todo con lo que está escrito: Aborreces, Señor, a todos los que obran la iniquidad y perderás a todos los que dicen mentira. Porque, o bien el segundo verso es exposición del primero, como suele hacerse en la Escritura, y entonces la iniquidad abarca más y la mentira debe entenderse citada como una especie de iniquidad, o bien se citan como diferentes, y entonces es peor la mentira cuanto más grave es la expresión «perderás» que la palabra «aborreces». Pues puede Dios aborrecer a uno algo menos, de modo que no lo pierda, pero a quien pierde, lo odia con tanta mayor vehemencia cuanta con mayor severidad lo castiga. Pues odia a todos los que obran la iniquidad, pero pierde a todos los que dicen mentira.
Dicho lo cual, ¿quién de los que esto dicen se va a dejar impresionar con aquellos ejemplos, como cuando se dice: Qué ocurre si recurre a ti un hombre que, por tu mentira, puede liberarse de la muerte? Pues la muerte que, insensatamente, temen los hombres que no temen pecar, no mata al alma, sino el cuerpo, como dice el Señor en el Evangelio, por lo que ordena que no se le tema, pero la boca que miente no mata al cuerpo, sino al alma, como con toda claridad está escrito en estas palabras: La boca que miente mata al alma. ¿Por qué no se va a decir que es una gran perversidad que uno debe dar muerte al alma para salvar a otro la vida del cuerpo? Porque incluso el amor del prójimo ha de entenderse, en sus justos límites, en razón del amor propio, pues se nos dice: Amarás al prójimo como a ti mismo. ¿Cómo podrá amar al prójimo como a sí mismo el que para conservar su vida temporal pierde la propia vida eterna? Ya el perder la vida temporal propia para salvar la ajena excede la sana doctrina del mandato, pues no es ya amar al prójimo¿qué dirían si alguien pudiera ser librado de la muerte por nuestro hurto, o por un adulterio? ¿Acaso, entonces, tendríamos que robar o cometer adulterio?
Ciertamente, no se dan cuenta que se comprometen de tal manera que si un hombre viene con un lazo y pide que cometamos una gran deshonestidad, pues afirma que si no accedemos a lo que pide, se echará el lazo al cuello, ¿acaso, como ellos dicen, debemos aceptar esto para salvarle la vida? Pero si esto es absurdo y abominable, ¿por qué se va a permitir que nuestra alma se corrompa por la mentira para que otro viva en su cuerpo? ¿No condenaría todo el mundo, como abominable torpeza, que alguien entregara su cuerpo a la corrupción para obtener ese fin? Por tanto, en esta cuestión, lo único a plantear es si la mentira es una iniquidad o no. Y como esto queda bien demostrado con las pruebas aportadas, solo queda preguntarse si uno debe mentir por la salvación de otro, que es como preguntarse si uno debe hacerse inicuo para salvar a otro. Y esto también lo rechaza la salud de nuestra alma, que no puede conservarse más que por la justicia, y que nos manda anteponerla no solo a la vida del prójimo, sino también a nue
¿Qué queda, pues, para que nunca podamos dudar de que jamás se puede mentir? Pues no se puede decir que haya algo más grande ni más amado, entre los bienes temporales, que la vida y la salud corporal. Y, si ni siquiera ésta se ha de anteponer a la verdad, ¿qué podrán oponer, para convencernos, los que juzgan que, algunas veces, es conveniente mentir?
No se puede mentir para salvar la pureza corporal
Por lo que toca a la pureza del cuerpo, puede suceder que una persona muy honorable venga a pedirnos que mintamos para evitar, con nuestra mentira, que sea violada, en cuyo caso, sin duda alguna, habría que mentir. Pero es muy fácil responder que de nada sirve la pureza del cuerpo si falta la integridad del alma. Pues si ésta cae, se arruina, inevitablemente, la primera, aunque parezca que está intacta. La pureza no se puede contar entre las cosas temporales como si se nos pudiera quitar a la fuerza. Pues si el alma no se corrompe, con la mentira, para salvar la pureza del cuerpo, éste seguirá inviolado si el alma se conserva incorruptible. Pues si se le hace violencia al cuerpo, sin que preceda un apetito lascivo, no debe llamarse violación, sino vejación. Y aunque toda vejación es una violación, no toda violación es deshonesta, sino la que ha sido procurada o consentida por apetito lascivo. Pues cuanto es más excelente el alma que el cuerpo, tanto es más criminal su corrupción. Y, por tanto, siempre se pu
No se puede mentir para salvar a otros
Tal vez alguien piense que se puede mentir, en favor de otro, para conservarle la vida o para que no tropiece en aquellas cosas que ama demasiado de manera que pueda llegar a comprender la verdad eterna. En primer lugar, no se entiende que no habría infamia que no tuviéramos que aceptar, en las mismas condiciones, como ya hemos demostrado anteriormente, pero, además, la autoridad de la misma doctrina se bloquearía y quedaría prácticamente muerta si, con nuestra mentira, persuadimos a aquellos que intentamos atraer hacia ella, que, a veces, se puede mentir. Pues, como la doctrina de la salvación consta de verdades que en parte se deben creer y en parte comprender, pero no se puede llegar a las segundas si no se creen las primeras. ¿Cómo se puede creer al que piensa que, a veces, se puede mentir, no vaya a suceder que mienta, precisamente, cuando nos manda creer? ¿Cómo se puede saber si entonces tendrá también alguna razón, como él piensa, para una mentira complaciente, pues juzga que, aterrorizado con una fa
Permitir un mal no es consentirlo ni aprobarlo
¿Aunque este problema ya está considerado y tratado, desde estos dos puntos de vista, no es fácil dejarlo sentenciado. Todavía debemos escuchar a los que dicen que no hay ninguna acción tan mala que no se deba cometer para evitar otra peor. Y a estas acciones humanas pertenecen no solo las que se hacen, sino también las que se padecen con propio consentimiento. Por tanto, si existe un motivo por el que el cristiano optase por ofrecer incienso a los ídolos para evitar la violación con la que el tirano le amenaza si no lo ofrece, parece que también es muy justo preguntar por qué no se puede mentir para evitar tan gran vileza. Pues el mismo consentimiento, por el que se prefiere sufrir una vileza a ofrecer incienso a los ídolos, no se puede entender como fruto de una pasión, sino como un mero hecho que para que no ocurriera opta por ofrecer incienso a los ídolos. ¡Con cuánta mayor facilidad elegiría la mentira si con ella pudiera alejar de su santo cuerpo infamia tan inhumana!
La boca que miente mata al alma
De igual modo, en aquella frase: La boca que miente mata al alma, se pregunta de qué boca se trata. Muchas veces la Escritura, cuando habla de «boca», significa la fragua del corazón, donde se forja y resuelve todo lo que se expresa de viva voz cuando se dice la verdad, como aquel al que le agrada la mentira, miente ya en el corazón. Puede no mentir de corazón el que dice con su voz algo distinto de lo que tiene en su interior, sabiendo que hace mal, pero con el fin de evitar un mal mayor, aunque ambas cosas le desagradan. Los que aseguran esto, dicen que así hay que entender lo que está escrito: El que dice la verdad en su corazón. Porque siempre hay que decir la verdad de corazón, pero no siempre con la boca, como cuando para evitar un mal mayor estamos obligados a decir de palabra otra cosa distinta de la que tenemos dentro. Y que se trata de la boca del corazón, se puede entender porque donde hay locución tiene que haber boca, si no resultaría absurdo e irracional decir: El que habla en su corazón, si n
Vemos, pues, cómo se amenaza a los que piensan que está oculto y secreto lo que proyectan y maquinan en su corazón. Y quiso demostrar que todo estaba tan claro a los oídos de Dios que hasta le dio el nombre de alboroto.
También en el Evangelio tenemos claramente citada la boca del corazón, e incluso en el mismo lugar habla el Señor de la boca del corazón y de la del cuerpo cuando dice: ¿Todavía estáis también vosotros sin entender? Pues ¿no veis que todo lo que entra por la boca pasa al vientre y se echa en el retrete, pero lo que procede de la boca y viene del corazón, eso es lo que mancha al hombre? Pues del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias, y estas cosas son las que manchan al hombre. Pero si en este lugar se hablase solo de la boca del cuerpo, ¿cómo podríamos entender: Pero lo que procede de la boca, del corazón sale, como la saliva y los vómitos también salen de la boca? Pues entonces uno no se mancharía cuando come algo inmundo, pero sí se mancharía cuando eso mismo lo arroja. Y si esto es muy absurdo, no nos queda más que aceptar que el Señor habla de la boca del corazón: Mas las cosas que salen de la boca vienen del corazón. Porque el hurto, cuando se puede, y así ocurre muchas veces, se realiza en el silencio de la voz y de la boca corporal. Y sería cosa de locos pensar que el ladrón se mancha con el pecado de hurto cuando lo confiesa o publica, y en cambio se conserva limpio cuando lo comete en secreto. Pero si referimos lo dicho a la boca del corazón, ningún pecado se puede cometer en secreto, pues no se puede cometer pecado si no proviene de esa boca interior.
Así como hemos investigado de qué boca se dijo: La boca que miente mata al alma, podemos investigar ahora de qué mentira se trata. Parece que se trata, propiamente, de la mentira por la que se denigra a alguno. Pues dice: Guardaos de la murmuración, que nada aprovecha, y refrenad la lengua de la detracción. La detracción tiene su origen en la malevolencia, cuando alguno no solamente expresa con la boca y la voz corporal lo que ha inventado de alguno, sino que además, en secreto, quiere que se le crea tal cual, lo que, ciertamente, es calumniar con la boca del corazón. Y esto no puede permanecer oscuro ni oculto ante Dios.
Por lo que se refiere a lo que está escrito en otro lugar: No quieras mentir con toda especie de mentira, algunos no quieren hacerlo valer para afirmar que toda mentira está prohibida. Pero, así, cuando otro dice: Por el mismo testimonio de la Escritura, de tal manera se debe detestar toda mentira que, incluso, si alguno quiere mentir, aunque no mienta, ya esa misma voluntad debe ser condenada. Y en este sentido se debe interpretar la Escritura, pues no se dijo: No mintáis con ninguna clase de mentira, sino: No quieras mentir con toda especie de mentira, para que nadie se atreva, de ningún modo, a mentir, sino ni siquiera a querer mentir con mentira alguna.
FUENTE: SAN AGUSTÍN, OBRAS COMPLETAS
