Ciencia y religión enfrentan una nueva amenaza
Quizás más insidiosa: la de quienes niegan la existencia misma de la verdad objetiva
Discurso León XIV a los miembros Consejo Fundación Observatorio Vaticano
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
La paz sea con vosotros.
Su Eminencia,
Presidente de la Gobernación,
Queridos amigos,
Queridos hermanos y hermanas ,
Me complace enormemente conocerlos, miembros de la Fundación del Observatorio Vaticano, y les agradezco su fiel y generoso apoyo a la labor del Observatorio Vaticano, una institución muy querida por el Estado de la Ciudad del Vaticano, al servicio de la Santa Sede y de la Iglesia universal.
Hace ciento treinta y cinco años, mi predecesor, el Papa León XIII, refundó el Observatorio Vaticano para que «todos vieran claramente que la Iglesia y sus Pastores no se oponen a la ciencia verdadera y sólida, sea humana o divina, sino que la acogen, la alientan y la promueven con la mayor dedicación posible» (cf. Ut mysticam , 14 de marzo de 1891). En aquel entonces, la ciencia se presentaba cada vez más como la fuente de la verdad, en contraposición a la religión, por lo que la Iglesia sintió la urgente necesidad de contrarrestar la creciente percepción de que la fe y la ciencia eran enemigas.
Hoy, sin embargo, tanto la ciencia como la religión se enfrentan a una amenaza diferente, y quizás más insidiosa: la de quienes niegan la existencia misma de la verdad objetiva. Demasiadas personas en nuestro mundo se niegan a reconocer lo que la ciencia y la Iglesia enseñan claramente: que tenemos la solemne responsabilidad de cuidar nuestro planeta y garantizar el bienestar de quienes lo habitan, especialmente de los más vulnerables, cuyas vidas corren peligro debido a la explotación irresponsable tanto de las personas como del mundo natural. Precisamente por eso, el compromiso de la Iglesia con una ciencia rigurosa y honesta sigue siendo no solo valioso, sino esencial.
La astronomía ocupa un lugar especial en esta misión. La capacidad de contemplar con asombro el sol, la luna y las estrellas es un don otorgado a todo ser humano, independientemente de su condición social o circunstancias. Inspira admiración y una sana perspectiva. Contemplar los cielos nos invita a ver nuestros miedos y limitaciones a la luz de la inmensidad de Dios. El cielo nocturno es un tesoro de belleza abierto a todos —ricos y pobres— y, en un mundo tan dolorosamente dividido, sigue siendo una de las últimas fuentes de alegría verdaderamente universales.
Lamentablemente, incluso este don se ve ahora amenazado. Parafraseando al Papa Benedicto XVI , hemos llenado nuestros cielos con una luz artificial que nos ciega ante la luz que Dios ha puesto allí: una imagen apropiada, sugirió, del pecado mismo (véase la homilía del 7 de abril de 2012).
En este contexto, expreso mi profunda gratitud por la labor de la Fundación. Su compromiso permite a los científicos del Vaticano interactuar de manera constructiva con el público en general y la comunidad científica mundial. Su generosidad permite al Observatorio Vaticano compartir la maravilla de la astronomía con estudiantes de todo el mundo y ofrecer talleres y cursos de verano a quienes trabajan en escuelas y parroquias católicas. Y, en definitiva, es su dedicación la que garantiza que los telescopios y laboratorios del Observatorio sigan siendo lo que siempre debieron ser: lugares donde la gloria de la creación de Dios se contempla con reverencia, profundidad y alegría.
Jamás debemos perder de vista la visión teológica que inspira todo esto. La nuestra es una religión de la Encarnación. La Escritura nos enseña que desde el principio Dios se ha dado a conocer a través de su creación (cf. Rom 1,20), y que amó tanto a su creación que envió a su Hijo a entrar en ella y salvarla (cf. Juan 3,16). No es de extrañar, pues, que las personas de profunda fe se sientan impulsadas a explorar los orígenes y el funcionamiento del universo. El fuerte deseo de comprender la creación con mayor profundidad no es sino un reflejo de ese anhelo incesante de Dios que habita en lo más profundo de cada alma.
Al expresar una vez más mi gratitud por su apoyo, invoco de corazón las abundantes bendiciones de Dios Todopoderoso sobre ustedes y sus familias.
¡Gracias!
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(L’Osservatore Romano , Edición Diaria, Año CLXVI n.º 107, lunes 11 de mayo de 2026, pág. 2.)
