No caer en la tentación de elevarse por encima de los demás
Palabras de León XIV a los obispos católicos greco-melquitas
Discurso del Papa León XIV a los participantes en el Sínodo de los Obispos de la Iglesia greco-melquita
Queridos Hermanos Obispos, hermanos y hermanas, es un placer encontrarlos con ocasión de su Sínodo, que no es solo un acto de gobierno, sino también un momento de comunión y de servicio como obispos. A través de ustedes, dirijo un cordial saludo a los sacerdotes, a los religiosos y a las religiosas, a los seminaristas y a todos los amados fieles de la Iglesia melquita, tanto en sus territorios como en la diáspora en todo el mundo.
Como bien saben, fue en Antioquía donde los seguidores de Cristo fueron llamados por primera vez «cristianos». Ahora como entonces, los cristianos están llamados a vivir su vida de un modo que dé testimonio de la presencia viva de Dios que habita en medio de nosotros. De hecho, los primeros cristianos se distinguían de los demás por su vida de caridad, algo que sigue ocurriendo en sus parroquias. Ustedes no llevan simplemente la fe en sus mentes, sino que le permiten penetrar en sus corazones, impulsados por el Espíritu a compartir alimento con los hambrientos, a proporcionar educación y atención sanitaria, a acompañar y alentar a quienes sufren, para permitir que la Iglesia sea un faro —la luz de Cristo—, especialmente en este período tan tumultuoso.
En muchas de las tierras tradicionales de su Iglesia, los fieles se ven afligidos por guerras, desórdenes, extremismos religiosos y dificultades económicas. A través de ustedes, quisiera decirle a su amada Iglesia: estoy con ustedes. Toda la Iglesia católica está con ustedes. Porque cuando un miembro sufre, todo el cuerpo sufre con él (cfr. 1 Cor 12,26). Y precisamente porque están sufriendo y buscando imitar a Jesús en la mansedumbre con que redimió al mundo, ustedes están en el corazón de la Iglesia. Pienso en particular en las heridas y en las dificultades que afrontan, que empujan a muchos de sus fieles a dirigirse a países lejanos para encontrar trabajo, para escapar de los peligros y en ocasiones incluso de la persecución, para criar a su familia en seguridad.
PAPA LEÓN XIV Papa León XIV A Los Participantes En El Sínodo De Los Obispos De La Iglesia Greco-Melquita Foto: Vatican MediaDocumentos pontificios No caer en la tentación de elevarse por encima de los demás: las palabras de León XIV a los obispos católicos greco-melquitas (que valen para cualquier clérigo) Discurso del Papa León XIV a los participantes en el Sínodo de los Obispos de la Iglesia greco-melquita OCTUBRE 10, 2026 05:50REDACCIÓN ZENITPAPA LEÓN XIV WhatsAppMessengerFacebookTwitterCompartir Share this Entry (ZENIT Noticias / Ciudad del Vaticano, 10.10.2026).- Obispos de la iglesia greco-melquita (en comunión con la Santa Sede) fueron recibidos en audiencia por León XIV la mañana del sábado 10 de octubre, en ocasión del Sínodo de los Obispos de esa iglesia católica oriental. Ofrecemos a continuación la traducción al castellano realizada por ZENIT del discurso del Santo Padre:Libros cristianos *** En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. ¡La paz sea con vosotros! Beatitud, Queridos Hermanos Obispos, hermanos y hermanas, es un placer encontrarlos con ocasión de su Sínodo, que no es solo un acto de gobierno, sino también un momento de comunión y de servicio como obispos. A través de ustedes, dirijo un cordial saludo a los sacerdotes, a los religiosos y a las religiosas, a los seminaristas y a todos los amados fieles de la Iglesia melquita, tanto en sus territorios como en la diáspora en todo el mundo.Matrimonio católico Como bien saben, fue en Antioquía donde los seguidores de Cristo fueron llamados por primera vez «cristianos». Ahora como entonces, los cristianos están llamados a vivir su vida de un modo que dé testimonio de la presencia viva de Dios que habita en medio de nosotros. De hecho, los primeros cristianos se distinguían de los demás por su vida de caridad, algo que sigue ocurriendo en sus parroquias. Ustedes no llevan simplemente la fe en sus mentes, sino que le permiten penetrar en sus corazones, impulsados por el Espíritu a compartir alimento con los hambrientos, a proporcionar educación y atención sanitaria, a acompañar y alentar a quienes sufren, para permitir que la Iglesia sea un faro —la luz de Cristo—, especialmente en este período tan tumultuoso.Noticias católicas En muchas de las tierras tradicionales de su Iglesia, los fieles se ven afligidos por guerras, desórdenes, extremismos religiosos y dificultades económicas. A través de ustedes, quisiera decirle a su amada Iglesia: estoy con ustedes. Toda la Iglesia católica está con ustedes. Porque cuando un miembro sufre, todo el cuerpo sufre con él (cfr. 1 Cor 12,26). Y precisamente porque están sufriendo y buscando imitar a Jesús en la mansedumbre con que redimió al mundo, ustedes están en el corazón de la Iglesia. Pienso en particular en las heridas y en las dificultades que afrontan, que empujan a muchos de sus fieles a dirigirse a países lejanos para encontrar trabajo, para escapar de los peligros y en ocasiones incluso de la persecución, para criar a su familia en seguridad. ¡Qué gran vocación tiene su Iglesia: ser testigo de reconciliación y de paz en tierras devastadas por el conflicto! Ustedes son las semillas de comunión en tierras desfiguradas por la violencia. Este testimonio los convierte verdaderamente en iconos de siglos de fe en los lugares más santos de nuestra salvación.
A veces la propensión humana al conflicto puede concernirnos también a nosotros dentro de la Iglesia. No en vano, en el sagrado y evocador rito de su tradición bizantina, la primera instrucción para el sacerdote y el diácono que se preparan para celebrar la Divina Liturgia es la de estar reconciliados con todos, no guardar rencor hacia nadie y no albergar ninguna malicia en el corazón. Esta reconciliación es en sí misma un sacrificio en y con Cristo. A este respecto, su Sínodo de Obispos actúa como custodio de la comunión. Tienen una gran responsabilidad, que debe ser salvaguardada y alimentada en el seno de la colegialidad episcopal, como he querido subrayar a través de la Carta Apostólica Mutua concordia. Debemos estar siempre vigilantes para no caer en la tentación de elevarnos por encima de los demás, buscando el poder en lugar del servicio, el provecho en lugar de la transparencia y la honestidad, y el éxito personal en lugar del cuidado pastoral. El Espíritu Santo nos impulsa a buscar y a orar, a orar por esa unidad que ayudará a todas las personas a reconocer que Cristo está en medio de nosotros.
Además, la expresión más elocuente de nuestra fe y la comunicación más clara de la Buena Nueva a quienes no conocen a Cristo se produce cuando tomamos nuestra cruz y elegimos manifestar amor en los momentos en que sentimos miedo, ira o sufrimiento. Nosotros, que servimos a la Iglesia como clero, damos a nuestros fieles una esperanza más grande en el Evangelio cuando nos examinamos a nosotros mismos y nos consideramos responsables no solo en la administración de los bienes materiales, sino también en el modo en que buscamos la reconciliación. A lo largo de la historia hemos visto que las pruebas que afrontamos —ya sea el martirio o los simples sacrificios que realizamos por amor al prójimo— dan la oportunidad de mostrar nuestra fe de un modo que resuena en los corazones de quienes están buscando la verdadera paz. Ruego, pues, para que, con esperanza cristiana y con amor por todas las personas con quienes conviven, continúen formando a los jóvenes y animando a todos en sus más nobles tradiciones.
Por su parte —y gracias a la generosidad de tanta gente—, la Sede Apostólica está asegurando que existan becas para los fieles en Siria, Líbano e Irak, a fin de que reciban una educación católica. Nuestro objetivo es apoyar a los jóvenes, de modo que las familias cristianas tengan la asistencia necesaria para permanecer en Oriente Medio y mantener una presencia cristiana. Les agradezco lo que hacen y les aseguro mi cercanía espiritual. Encomendando este Sínodo a la intercesión de la Theotokos —la Madre de Dios—, ruego para que el Espíritu Santo los ilumine y los guíe en sus decisiones. Sobre todos ustedes y sobre los fieles de la Iglesia melquita, invoco la abundancia de las bendiciones de Dios. Gracias.
Fuente: ZENIT – Español
