«El corazón de Dios no está con los malvados, sino con los pequeños y humildes»
«Dios está con los pequeños, con los humildes, y con ellos lleva adelante su Reino de amor y de paz, cada día…»
León XIV no se dirigió a estadios de multitudes, sino que ha ido a visitar a una comunidad pequeña, ha ido a verse con los más pequeños, con los humildes, con los indefensos.
Durante el viaje del Papa a Argelia en su visita a la residencia de las Hermanitas de los Pobres en Annaba, ante un puñado de religiosas y algunos ancianos en silla de ruedas, el Pontífice ha revelado sus cartas. «El corazón de nuestro Padre no está con los malvados, los arrogantes ni los orgullosos», sino «con los pequeños, con los humildes, y con ellos edifica su reino de amor y paz día tras día, tal como ustedes se esfuerzan por hacerlo aquí en su servicio diario, en su amistad y en su vida en común».
Por eso, aunque «el corazón de Dios está desgarrado por las guerras, la violencia, la injusticia y las mentiras». A pesar de todo ello, «¡hay esperanza!», ha subrayado el Santo Padre, que está convencido que el Señor mira con agrado «desde el cielo una casa como esta, donde las personas se esfuerzan por vivir juntas en fraternidad».
Dios habita aquí, y no con los malvados
Por todo ello, el Papa ha confesado alegrarse «mucho» de visitar la residencia «porque Dios habita aquí». En efecto, «donde hay amor y servicio, allí está» Él. Así, León XIV ha dado las «gracias» a los presentes «por esta reunión», ha asegurado su oración por todos ellos y «con gusto» les ha impartido su bendición apostólica».
Por último, el Pontífice ha confesado a los miembros de la Iglesia que ante «su presencia aquí entre nuestros hermanos y hermanas mayores» sale «natural alabar a Dios.
Casa de Acogida para Mayores de las Hermanitas de los Pobres (Annaba)
Martes, 14 de abril de 2026
Excelencias,
queridas religiosas,
queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! As-salamu alaykum!
Les agradezco por recibirme en esta casa. Estoy contento porque Dios habita aquí, porque donde hay amor y servicio, allí está Dios.
Agradezco a las Hermanitas de los Pobres y al personal de esta residencia. Gracias, Madre Filomena, por la bienvenida que me ha brindado.
Gracias, Monseñor Desfarges, por sus palabras, por sus conmovedoras palabras. Escuchándolo y viendo su presencia aquí en medio de los hermanos y hermanas ancianos, surge espontáneamente la alabanza y el agradecimiento a Dios. Como hizo Jesús aquel día, en el que, estremecido de gozo por el Espíritu Santo, dijo: «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido» (Lc 10,21).

Agradezco al señor Salah Bouchemel su testimonio, tan hermoso y consolador. Pienso que el Señor, desde el cielo, viendo una casa como esta, donde se busca vivir juntos en fraternidad, puede pensar: ¡pues hay esperanza! Sí, porque el corazón de Dios está desgarrado por las guerras, la violencia, las injusticias y las mentiras. Pero el corazón de nuestro Padre no está con los malvados, con los prepotentes, con los soberbios; el corazón de Dios está con los pequeños, con los humildes, y con ellos lleva adelante su Reino de amor y de paz, cada día. Como tratan de hacerlo ustedes aquí en el servicio cotidiano, en su amistad y en la vida comunitaria.
¡Gracias, queridas hermanas y queridos hermanos, por este encuentro! Los tengo presentes en mi oración y de corazón les doy mi bendición.
